Comienzo diciendo que nací en el seno de una familia campesina en extrema pobreza, allá por el año 1958.

En nuestra niñez no conocimos lo que era la energía eléctrica, el agua potable, y ni siquiera teníamos zapatos; íbamos a la escuela descalzos, y para vestirnos disponíamos de una sola mudada. Lo nuestro no era un nivel de pobreza, era pobreza extrema.
Lo único bueno era que nuestro pequeño minifundio era tierra extremadamente fértil; así que en pequeñas porciones de tierra cosechábamos maíz, frijol, verduras, frutas tropicales, bananos, plátanos, tubérculos y toda clase de cítricos. Mi emprendedora madre criaba gallinas y patos y mi padre trabajaba como campesino y jornalero; de modo que el suministro de alimentos lo teníamos asegurado. Además, teníamos un río caudaloso no contaminado que no sólo nos proveía el agua para beber sino también pescado y camarones de agua dulce. Materialmente teníamos escasez de todo, excepto de comida.
En mi aldea, en aquellos tiempos, había una sola iglesia cristiana evangélica; y para la fecha que yo nací mi padre era un devoto cristiano, y lo fue durante toda su vida, sirviendo durante setenta años con fidelidad.
Con absoluta verdad y honestidad manifiesto que mi padre fue un cristiano íntegro; tanto así que impactó la vida de todos sus hijos (yo soy el mayor de diez hermanos: seis hombres y cuatro mujeres).
A pesar de su trabajo tan duro como campesino y jornalero, siempre oraba por todos nosotros todos los días y nos leía y comentaba las historias bíblicas; él fue el maestro que nos enseñó la fe con la Biblia y con su testimonio. Aquellas noches alumbradas con candiles eran mágicas, pues además de las historias bíblicas y las oraciones mi padre nos divertía contándonos historias y anécdotas personales que hasta la fecha mis hermanos y yo recordamos cuando tenemos nuestras reuniones familiares.
Es fascinante pensar que Dios quiso que las cosas más lindas de la vida no se compraran con dinero. El amor, el cariño, el respeto, la fe, la ternura, el cuidado, la alegría, el sentido de pertenencia y del humor, la identidad, la empatía, etc. Nada de eso se compra con dinero. Esas virtudes son espirituales y se cultivan a través de las relaciones positivas y constantes sin importar la edad de los hijos.
Los momentos más felices e inolvidables de nuestra familia los vivimos alrededor de mi papá y mi mamá. Se imaginan, diez hijos casados, seis nueras, cuatro yernos, veintiocho nietos y los bisnietos. Cuando nos reuníamos todos para celebrar el cumpleaños de nuestros padres éramos literalmente una tribu. ¡Y pensar que nuestro padre tomaba tiempo para orar cada día por todos sus hijos, nietos y bisnietos!
Ciertamente el dinero es importante y necesario, pero jamás debemos pensar que es lo más importante. Con dinero se puede comprar una casa pero no un hogar, se puede comprar una cama pero no el sueño, se puede comprar cosas pero no una familia.
En nuestra familia superamos la pobreza extrema gracias a Dios. Con esfuerzo, esperanza y terribles limitaciones económicas estudiamos cada uno según su vocación. Dios nos abrió puertas para realizar estudios de posgrado en el extranjero y poder brindarle mejores condiciones de vida a nuestros hijos.
¿Pero qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos tenido un padre ausente? Toda ausencia duele, especialmente cuando se es niño. Las limitaciones materiales se superan con un poco de esfuerzo e inteligencia; pero la ausencia de un padre puede arruinar el destino de sus hijos. Y lo triste es que hay padres ausentes viviendo en la misma casa, porque no dedican tiempo a sus hijos. Esos hijos pueden desarrollar afecciones como inseguridad, pobre autoestima, resentimiento, incapacidad para amar, desconfianza, agresividad, etc.
Derivado de mi experiencia personal puedo asegurar que ninguna cosa sustituye la presencia del padre en la familia. Hoy que es el mes en que se celebra el Día del Padre, le pregunto ¿Qué clase de padre es usted? ¿Es un padre presente o ausente para sus hijos? Sus hijos necesitan algo más que cosas materiales, necesitan cariño, seguridad, saberse amados, queridos, protegidos, escuchados, aceptados y respetados. La ausencia de cosas materiales afecta, pero la ausencia e indiferencia de un padre destruye. Con la ayuda de Dios podemos ser padres que marquen positivamente el destino de nuestros hijos.
