Sandra Jovel Polanco.
Diputada al Congreso de la República 2024-2028.
Ex-Ministra de Relaciones Exteriores 2017-2020.
«Bienvenida a casa, Embajada de Guatemala», dijo el alcalde de la ciudad, Nir Barkat, refiriéndose al momento en el que Guatemala reabría su legación diplomática en Jerusalén donde había permanecido hasta 1980.
Hace apenas unos años, en un momento de gran trascendencia, celebrábamos con júbilo los 70 años de la anhelada independencia del Estado de Israel. Aquel hito histórico resonaba no solo en el corazón del pueblo judío, sino también en el alma de Guatemala. Era un momento con un profundo significado, donde las promesas y bendiciones de Dios se manifestaron con una claridad deslumbrante, convirtiendo a Guatemala en una verdadera «luz a las naciones».
Recuerdo con nitidez aquel día especial. Era el medio día del 24 de diciembre de 2017, cuando la llamada del Presidente de Guatemala y el Primer Ministro de Israel nos encontró. En aquellos breves minutos, se gestaba una decisión que cambiaría el rumbo de la historia de ambas naciones, un momento donde sentíamos la mano de la providencia guiándonos hacia un destino compartido.
Las palabras resonaban en mi mente, cargadas de emoción y responsabilidad. Era un momento que nos unía en un propósito mayor, una oportunidad única para fortalecer los lazos entre nuestros pueblos hermanos.
El retorno de la Embajada de Guatemala a Jerusalén y el reconocimiento de está como capital de Israel fueron pasos de enorme valentía y convicción. Con testigos de ambos países, el Embajador de Israel y mi persona llevamos la noticia a cada rincón de nuestro país y más allá.
Era un momento de orgullo compartido, de sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Los recuerdos de aquellos días siguen vivos en mi memoria, aunque unas veces los siento tan fugaces como gratos, donde la emoción y el deber se entrelazaban en una danza de esperanza y determinación. En medio de todo, no podíamos olvidar que éramos instrumentos de una voluntad más alta, que nos guiaba con amor y sabiduría.
Desde entonces, cada paso que dimos fue guiado por el deseo de que Guatemala pudiera fortalecer los lazos de amistad con aquel país que es mucho más que una simple tierra en el mapa. Es el lugar donde lo divino y lo humano se encuentran en un abrazo eterno, donde la fe y la historia se entrelazan para recordarnos la trascendencia de nuestras acciones y el poder de la esperanza, en definitiva, una tierra bendita que continúa inspirando y asombrando al mundo con su grandeza.
Y así, con el corazón rebosante de gratitud y esperanza, emprendimos acciones incansables hasta ver ondear la bandera azul y blanco de nuestra querida Guatemala en la eterna capital de Israel. Fue un momento de profunda emoción, un testimonio vivo de lo que es posible cuando dos pueblos se unen en un espíritu de colaboración y fraternidad.