En Lucas 15:11-32, Jesús narra una de las historias más conmovedoras de la Biblia: la parábola del hijo pródigo. Más que un relato familiar, es un retrato del corazón de Dios y una invitación a volver a casa.

Redacción La Palabra
En la cultura judía del siglo I, pedir la herencia en vida era equivalente a desear la muerte del padre. El hijo menor, movido por su egoísmo, decide marcharse a una tierra lejana, gastando todo en placeres pasajeros. Cuando el hambre y la miseria lo golpean, recuerda el hogar que dejó atrás y decide regresar, no como hijo, sino como siervo.
Sin embargo, lo que encuentra supera toda expectativa. El padre lo ve desde lejos, corre hacia él, lo abraza y lo restaura como hijo, colocando un anillo en su mano y sandalias en sus pies. La alegría del padre contrasta con la actitud del hermano mayor, quien no entiende tanta gracia hacia quien lo había despreciado.

Esta parábola refleja el amor incondicional de Dios:
- Dios respeta nuestras decisiones, incluso cuando nos alejan de Él.
- Su gracia es mayor que nuestro pecado: no nos recibe con reproches, sino con restauración.
- El perdón rompe las barreras del orgullo y la culpa.
En nuestra vida, todos hemos sido como el hijo pródigo, alejándonos de Dios por orgullo o deseos egoístas. También podemos ser como el hermano mayor, incapaces de alegrarnos por el perdón que otros reciben. Jesús nos invita a identificarnos con el Padre, siendo reflejo de su amor y acogida hacia quienes regresan.
Hoy, esta parábola nos desafía a volver a los brazos del Padre y a abrir los nuestros para recibir a otros. El cielo se alegra más por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento.