Guatemala no necesita más políticos famosos, sino líderes íntegros

Guatemala no necesita más políticos famosos, sino líderes íntegros

En los últimos años, la política guatemalteca ha sido cada vez más influenciada por la lógica de la “popularidad”. El fácil acceso a las redes sociales, la constante exposición mediática y las campañas centradas en la imagen personal, han provocado que muchos confundamos el reconocimiento público con la capacidad de gobernar. Últimamente la política se ha convertido en un concurso de popularidad, en donde lo que realmente importa, como los principios y valores éticos y democráticos, y el compromiso por el bien común, quedan en segundo plano. Sin embargo, la realidad nos confirma que la fama no garantiza visión ni liderazgo. 

Por: Sergio MadrazoMentor de líderes

El problema del estancamiento que atraviesa Guatemala no radica exclusivamente en aquellos que ocupan cargos públicos, sino en la creciente tendencia a elegir a personas basándonos en lo que las redes sociales nos muestran de ellos. En consecuencia, la cultura política guatemalteca, en diferentes ocasiones, privilegia la apariencia sobre el contenido, lo que debe alertarnos como ciudadanos, puesto que debemos reflexionar sobre los criterios que estamos usando para elegir a nuestros líderes. La democracia consiste, además de votar, en ejercer un voto informado, responsable y de forma consciente. Cuando las decisiones electorales se basan en percepciones superficiales o en tendencias de redes sociales, en consecuencia, se debilita la calidad de la representación política, limitando de esta manera la posibilidad de construir instituciones fuertes.

Esta realidad representa uno de los desafíos más importantes para la consolidación democrática de Guatemala. Cuando los ciudadanos eligen a sus representantes basándose principalmente en la fama o en la imagen que proyectan en las redes sociales, se genera un alto riesgo de colocar en los puestos de toma de decisión a personas que no califican, que no llenan el perfil, y que carecen de las capacidades necesarias para enfrentar los complejos problemas que atraviesa nuestra Nación. 

La historia nos evidencia que el reconocimiento público no es sinónimo de capacidad, y no siempre está acompañado de la preparación adecuada para ejercer responsabilidades que el gobierno exige y demanda. En muchos casos, figuras conocidas por su presencia mediática han logrado captar la atención de los votantes mediante discursos simples, promesas atractivas o campañas diseñadas para conectar emocionalmente con la población. Sin embargo, una vez alcanzados los cargos públicos, la falta de coherencia, de conocimientos altamente académicos y de principios sólidos termina evidenciándose en la incapacidad para generar cambios significativos.

Actualmente con el avance tecnológico, las redes sociales han transformado profundamente la manera en que los ciudadanos se relacionan con la política. Estas plataformas ofrecen oportunidades importantes para que el ciudadano se mantenga constantemente comunicado y al tanto de los acontecimientos que se llevan a cabo en nuestra Nación, quedando a su alcance la motivación para la participación política y el libre acceso a la información. Sin embargo, también presentan riesgos considerables: la velocidad con la que circula el contenido, la multiplicación de noticias falsas, la tendencia a privilegiar mensajes breves y emocionales, provocan una dificultad en el análisis crítico de las propuestas políticas.

Por lo tanto, muchos candidatos han comprendido que una estrategia digital efectiva es indispensable, ya que puede ser incluso más rentable electoralmente que la construcción de un plan bien ejecutado de un gobierno serio, y la formación de su organización y estructura, siendo esta una situación que genera una percepción distorsionada de lo que significa liderar una Nación. Como resultado a esta mala estrategia, la atención pública suele concentrarse en los videos más virales, en las frecuentes frases polémicas, en campañas de publicidad política bien diseñadas para atraer a las personas, mientras que los temas fundamentales como los son la educación, salud, infraestructura, seguridad y economía reciben menos atención, lo cual es alarmante.

Entendiendo que gobernar implica tener la capacidad de tomar decisiones complejas, de ser aptos para la correcta administración y ejecución de los recursos públicos de forma responsable, de ser expertos en la construcción de consensos, y sobre todo en convertirse en un solucionador de problemas ante las necesidades de millones de personas. Estas labores requieren conocimientos, interés común, capacidad, sobre todo, una profunda vocación de servicio. Por lo que el comunicar mensajes atractivos o generar simpatía entre los ciudadanos, no pierde relevancia, sino que pasa a segundo plano, ya que el acto de gobernar una Nación representa mucho más que eso.

Uno de los mayores desafíos que enfrenta Guatemala es la corrupción. Durante décadas, este problema ha debilitado las instituciones públicas, disminuyendo la confianza ciudadana y limitado las oportunidades de avance y desarrollo en las múltiples áreas. La corrupción implica el uso indebido de recursos públicos, lo cual representa una amenaza para la democracia, porque desgasta la legitimidad de las instituciones, generando la percepción de que las leyes no se aplican de manera justa.

Combatir la corrupción requiere mucho más que discursos anticorrupción. No basta con prometer transparencia durante las campañas electorales o denunciar públicamente las malas prácticas, como normalmente lo suelen hacer muchos de los candidatos e incluso lo siguen haciendo aquellos que ya están ocupando un cargo público. La lucha contra la corrupción demanda líderes que estén comprometidos con la ética, que sean capaces de promover una cultura de integridad en todos los niveles de la administración pública. También requiere con urgencia el fortalecimiento de los mecanismos de rendición de cuentas para que se lleven a cabo de forma transparente, y que de esta manera se garantice la independencia de las instituciones que son encargadas de la fiscalización.

En este contexto, la integridad se convierte en una cualidad indispensable para quienes aspiran a ejercer el liderazgo político. Un líder íntegro actúa con coherencia, de acuerdo con principios éticos, tanto en lo público como en lo privado. Su conducta está guiada por valores como la honestidad, la responsabilidad, la justicia y el respeto por la dignidad humana. Además, comprende que el poder público es una responsabilidad cuyo fin a alcanzar es el bienestar para todos. 

Uno de los líderes con mayor trayectoria y legitimidad en este tema que hoy afronta Guatemala, es el Primer Ministro de Singapur: Lee Kuan Yew, quien evidenció su éxito en la lucha contra la corrupción cuyo secreto sigue siendo la base moral del gobierno demostrando que el combate hacia la corrupción es un tema solucionable y posible.

La formación ética de los líderes es tan importante como su preparación académica, Winston Churchill, Primer Ministro del Reino Unido es uno de los líderes que nos inspira a no descuidar nuestra formación, sino a llevar una preparación altamente académica y ética. Un funcionario puede poseer amplios conocimientos sobre la administración pública o la economía, pero si carece de principios y convicciones sólidas, existe el riesgo de que utilice su posición en contra de los principios constitucionales, usando esa posición en beneficio propio. El funcionario público debe ser “el rostro de la ética y de la integridad”, combinando valores, principios, y convicciones con altos niveles académicos, y además demuestre su capacidad de construir una gestión pública que busque el bienestar común.

Otro elemento fundamental es el conocimiento y respeto por el Estado de Derecho, no es posible liderar un Estado sin antes conocer su estructura, sus normas, sus reglamentos. Las democracias modernas se sostienen sobre un conjunto de normas e instituciones que garantizan la igualdad ante la ley y limitan el ejercicio injustificado del poder. Los líderes políticos deben tener la capacidad de comprender la importancia de estas reglas para actuar dentro de los marcos establecidos por la Constitución como norma suprema y las leyes. Cuando los gobernantes intentan manipular los mecanismos de control o concentrar excesivamente el poder, se generan riesgos para la estabilidad democrática. Por ello, Guatemala necesita líderes comprometidos con la defensa del Estado de Derecho, capaces de respetar la separación de poderes y de promover instituciones independientes y eficientes.

John F. Kennedy, Presidente de los Estados Unidos, asegura que la confianza ciudadana es otro de los pilares esenciales para el funcionamiento de una democracia saludable. Sin confianza, resulta difícil construir consensos, impulsar reformas o fortalecer la participación política. Lamentablemente, en Guatemala la confianza en las instituciones públicas ha sido afectada por múltiples escándalos de corrupción, promesas incumplidas, conflictos políticos y otros.

Recuperar esa confianza con los ciudadanos requiere acciones concretas y visibles. Los ciudadanos necesitan percibir que sus representantes actúan con transparencia, cumpliendo con sus compromisos y ejecutando políticas públicas que genuinamente se direcciones hacia el bienestar común. Esa confianza se construye a través de conductas coherentes, de la toma correcta decisiones, y sobre todo con un compromiso constante con el interés público.

Asimismo, Guatemala necesita fortalecer la educación cívica de su población. Una ciudadanía informada es menos vulnerable a la manipulación, a la desinformación y a las promesas populistas sin resultados. La educación cívica permite comprender el funcionamiento de las instituciones democráticas, reconocer los derechos y responsabilidades ciudadanas y evaluar críticamente las propuestas de los candidatos. La participación ciudadana también desempeña un papel fundamental en la construcción de una democracia más sólida. El involucramiento de la población no debe limitarse a los procesos electorales. Los ciudadanos pueden contribuir al fortalecimiento democrático mediante su participación en espacios públicos, el diálogo social y la promoción de iniciativas orientadas al bien común.

El liderazgo que Guatemala necesita debe ser capaz de inspirar a la sociedad mediante el ejemplo. Los verdaderos líderes buscan la transformación de su Nación. Su principal motivación es contribuir al desarrollo de su comunidad generando oportunidades para que las futuras generaciones tengan accesos a los lugares de decisiones. Son personas que comprenden las necesidades de la población, escuchan diferentes perspectivas y toman decisiones pensando en el largo plazo.

Además, es evidente que el país requiere líderes con capacidad para construir acuerdos, como aprendemos de Angela Merkel, Canciller de Alemania. La diversidad de opiniones es una característica natural de toda democracia. Sin embargo, cuando las diferencias políticas se convierten en obstáculos permanentes para la cooperación, el progreso se vuelve más difícil. Los líderes efectivos saben dialogar, negociar y encontrar puntos de encuentro sin renunciar a sus principios fundamentales.

El desarrollo de Guatemala también depende de la fortaleza de sus instituciones. Ningún líder, por talentoso que sea, puede resolver por sí solo los problemas estructurales del país. Se necesitan de organizaciones, equipos, estructuras, bases e instituciones fortalecidas y capaces de funcionar con eficiencia, eficacia, independencia y transparencia. Por ello, el objetivo no debe ser depositar todas las expectativas en figuras individuales, sino en construir sistemas sólidos que garanticen la continuidad de las políticas públicas y la estabilidad democrática.

La promoción de una cultura de integridad constituye una tarea de todos. Tanto las familias, las escuelas, las universidades, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y el sector privado, todos tenemos un papel importante en la formación de valores ciudadanos, desde los más pequeños hasta los más grandes. Una cultura de valores como la honestidad, la responsabilidad y el respeto por las normas, promueve desarrollo desde distintos espacios de la sociedad, y se generan condiciones más favorables para el surgimiento de liderazgos íntegros y éticos.

También es importante reconocer que la transformación política y social no ocurrirá de manera inmediata. Los cambios profundos requieren tiempo, perseverancia y el compromiso todos, ya que son un proceso evolutivo. Y considerando lo anterior, cada ciudadano puede contribuir a este proceso mediante la toma de decisiones responsables, la participación activa y una actitud crítica frente a la información que consumen.

La democracia guatemalteca enfrenta importantes desafíos, pero también cuenta con enormes oportunidades. Parte de esas oportunidades están en el talento, en la creatividad y en la capacidad de trabajo de la población, lo que constituyen recursos valiosos y necesarios para impulsar el avance y el desarrollo de nuestra Nación. Para aprovechar plenamente este potencial, es necesario contar con líderes capaces de generar confianza, de impulsar esos talentos, de fortalecer las instituciones para brindar accesos para la promoción de capacidades y de promover las políticas orientadas al bienestar de cada guatemalteco.

Sabemos que la fama puede atraer atención momentánea y puede influir de forma radical en la toma de decisiones de las personas, sin embargo, es momento de entender que el valor de la integridad construye legitimidad duradera lo cual genera confianza entre el líder y los ciudadanos. Los seguidores en redes sociales pueden multiplicarse rápidamente, a pesar de ello de esa misma manera suelen alejarse, por lo que cuando construimos un verdadero liderazgo se evidencia a través de las acciones consistentes y de los resultados concretos. Es importante hacer un llamado para que como ciudadanos aprendamos a distinguir entre la popularidad que solo es pasajera, y entre las cualidades que realmente son necesarias para gobernar con responsabilidad, eficaz y eficientemente.

Otro aspecto que merece especial atención dentro del fortalecimiento democrático de Guatemala es el papel que desempeñan los partidos políticos. En una democracia sólida, los partidos deben generar espacios permanentes de formación, debate y construcción de propuestas orientadas al desarrollo nacional. Los partidos políticos tienen la responsabilidad de identificar, formar y promover personas con capacidad para ejercer funciones públicas de manera eficiente y ética. Resulta indispensable impulsar mecanismos de formación política, programas de capacitación y espacios de participación que permitan el surgimiento de nuevos liderazgos comprometidos con el servicio público y el bienestar común.

Asimismo, la participación de la juventud representa una oportunidad extraordinaria para la transformación social y política de Guatemala. Los jóvenes constituyen una parte importante de la población y poseen la energía, creatividad y capacidad de innovación necesarias para contribuir a la solución de los problemas nacionales. Con frecuencia enfrentan situaciones que limitan su involucramiento en los procesos de toma de decisiones, es necesario crear condiciones que favorezcan su participación activa en la vida política.

La juventud es una generación capaz de asumir responsabilidades y aportar nuevas perspectivas para el fortalecimiento democrático, su participación permite incorporar ideas innovadoras, y promover el uso responsable de las nuevas tecnologías. Además, la formación de líderes jóvenes con sólidos principios éticos puede contribuir significativamente a renovar la cultura política nacional.

Es momento de que la transformación llegue a toda Guatemala, por lo que no necesitamos más políticos famosos, sino líderes comprometidos con los valores democráticos, con transparencia y con un sentido evidente de servicio público, necesita líderes capaces de colocar el interés nacional por encima de las ambiciones personales, necesita personas que comprendan la importancia de fortalecer las instituciones, de respetar la ley y de promover una cultura de integridad.

El futuro de nuestra Nación está en las manos de todos los guatemaltecos, y eso significa que dependerá, en gran medida, de la calidad de los liderazgos y de la capacidad de la ciudadanía para elegirlos con criterio y responsabilidad. Restaurar la confianza actualmente en la política es una tarea compleja, de carácter urgente, y para el líder correcto es una tarea posible. Requiere que tanto líderes como ciudadanos asuman un compromiso renovado con la ética, la participación y el fortalecimiento democrático.

Solo así será posible la transformación de nuestra Nación, construyendo una Guatemala más justa, más transparente y más próspera. Una Guatemala en donde el liderazgo inspire y genere bienestar para todos.

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