El antídoto más potente contra la corrupción

El término corrupción proviene del latín “Corruptio”, que implica la acción de romper, destruir o alterar la integridad de algo; en tal sentido, el relato de la historia humana nos revela un momento trasendental, enmarcado por la desobediencia en el Jardín del Eden, lo que ocaciona alterar la integridad del plan original y la entrada…

El término corrupción proviene del latín “Corruptio”, que implica la acción de romper, destruir o alterar la integridad de algo; en tal sentido, el relato de la historia humana nos revela un momento trasendental, enmarcado por la desobediencia en el Jardín del Eden, lo que ocaciona alterar la integridad del plan original y la entrada en escena de la corrupción humana

Por: Richard Granja Guzmán | Doctor en Administración Pública

Hoy en día, estudiar y buscar soluciones al fenómeno de la corrupción es un tema complejo, el cual puede ser abordado desde diferentes perspetivas, de las cuales, se citan varias a continuación: 

La corrupción individual. Esta conlleva a la degradación de los principios éticos, valores y rectitud de una persona, la cual ocurre en el interior del ser humano y se manifiesta cuando este decide voluntariamente actuar en contra de su propia conciencia o de la integridad moral para obtener un beneficio personal.

La corrupción sistémica o institucional. Es aquella que no depende de la deshonestidad de una sola persona, sino que está integrada en el propio funcionamiento del sistema, sistema que generalmente involucra a diferentes sectores que promueven malas prácticas, por ejemplo: Los incentivos perversos, los cuales buscan imponer la corrupción sobre la honestidad; asímismo, la ausencia de controles, en donde los mecanismos de auditoría son inexistentes, débiles o están controlados por los mismos actores, lo cual promueve la cultura de la impunidad, en donde existe la certeza de que aunque se cometa un acto ilícito, tales responsables no tengan consecuencias, evitando que se apliquen las penalizaciones o castigos correspondientes, lo cual lamentablemente socava y destrulle la confianza y equidad de la ciudadanía.

La corrupción social. Este es el grado más avanzado y profundo de este fenómeno, y ocurre cuando las prácticas corruptas dejan de ser exclusivas de ciertas élites, sectores o de las instituciones, y se practican en la vida cotidiana de los ciudadanos, convirtiéndose en parte de la cultura y el tejido social, en este estado, la sociedad ya no ve la corrupción como un delito o una falta ética, sino como un hábito necesario para vivir, de tal forma, que a lo bueno se le llama malo y a lo malo se le llama bueno, citando como ejemplos, los microsobornos a servidores públicos,  o en un mayor grado de organización, algunos grupos de mal llamados activistas, que promueven la creación de leyes antiéticas o fuera del orden natural.

A partir de los conceptos descritos anteriormente, en internet y en otras fuentes de consulta, es fácil ubicar estudios de tanques de pensamiento y organismos multilaterales que han intentado calcular cuánto dinero del Presupuesto Nacional se pierde debido a la corrupción e ineficiencia; lo cual ha sido históricamente un cáncer que limita el desarrollo del país y las oportunidades de bienestar de la mayor parte de los guatemaltecos.

Es por ello que en el complejo tablero de la administración pública guatemalteca, la corrupción suele presentarse como un mounstruo de mil cabezas, imposible de vencer solo con nuevas leyes o reformas estructurales, pues durante décadas, se ha buscado la solución en manuales de transparencia y fiscalizaciones externas, ignorando el componente más elemental y a la vez, el más disruptivo del sistema, que es la voluntad del individuo, pues es allí donde se libra la verdadera batalla anticorrupción; si bien es cierto, las leyes son el marco, la integridad de los funcionarios públicos es el antídoto más potente contra la corrupción gubernamental, conformando un escudo ético y capaz de transformar las instituciones desde adentro hacia afuera, y buscar de esta forma el rescate de la probidad individual, no como un mero romanticismo moral, sino como la estrategia más pragmática y urgente para sanar el Estado guatemalteco.

Es gratificante leer en las páginas de la Biblia, como Daniel, José y David, entre otros, encarnaron un modelo de servicio público caracterizado por la integridad inquebrantable y la visión estratégica, transformando sus naciones al priorizar el bienestar común sobre el propio, haciendo girar la maquinaria pública en favor de los ciudadanos. José salvó a Egipto y a su propia familia de la hambruna mediante una administración técnica y previsora de los recursos estatales; Daniel mantuvo una ética de trabajo impecable y libre de corrupción que le permitió asesorar a imperios sucesivos con sabiduría y justicia; y David, a pesar de sus fallas humanas, gobernó con un corazón conforme a la voluntad divina, unificando a su pueblo y estableciendo bases de justicia y equidad. En conjunto, estos líderes demostraron que la integridad y la probidad de un funcionario público, no solo garantiza la estabilidad institucional, sino que actúa como un canal de prosperidad integral para la sociedad a la que sirven.

Es por ello que reafirmo, el mejor antidoto para la corrupción estatal, es la integridad de sus funcionarios públicos.

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