La Oración y el Ayuno El arma poderosa de los hijos de Dios

El ser humano, sin distinción de cultura, nación o condición social, vive inmerso en un contexto de hostilidad espiritual permanente

El ser humano, sin distinción de cultura, nación o condición social, vive inmerso en un contexto de hostilidad espiritual permanente

Aunque muchas veces no se perciba a simple vista, la realidad es que la humanidad se desarrolla en medio de una guerra que trasciende lo visible: una guerra cósmica, espiritual, cuyos efectos se manifiestan de manera concreta en la vida diaria de quienes habitamos el planeta Tierra.

Con frecuencia se responsabiliza únicamente al ser humano por el caos social, los desastres naturales, las confrontaciones ideológicas, el deterioro ecológico, el racismo, las enfermedades y la violencia que aquejan al mundo. Y aunque existe una cuota real de responsabilidad humana, la Escritura revela una verdad más profunda: detrás de cada una de estas manifestaciones existen fuerzas sobrenaturales que operan para el bien o para el mal. Ignorar esta dimensión espiritual es limitar la comprensión del verdadero origen de muchos de los conflictos que enfrentamos como sociedad.

Por un lado, la Biblia nos presenta a Dios como el Creador soberano de todo lo existente, Aquel que hizo cada cosa buena y perfecta en su diseño original. Así lo expresa el libro de Eclesiastés: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin” (Eclesiastés 3:11). Dios es orden, vida, propósito y plenitud.

Por otro lado, la Palabra de Dios también nos advierte acerca de la existencia de un adversario espiritual. La Biblia llama al diablo “el maligno”, y lo identifica como el principal agente de destrucción, engaño y corrupción en la humanidad. Su naturaleza es contraria a la de Dios, y su objetivo es robar, matar y destruir. Por esta razón, el apóstol Pablo exhorta a los creyentes a protegerse espiritualmente: “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16).

Ante esta realidad, Dios no deja indefensos a Sus hijos. Por el contrario, les ha provisto armas espirituales poderosas para enfrentar las fuerzas de las tinieblas. Una de las más efectivas y determinantes es la oración acompañada del ayuno. La razón es clara: nuestra lucha no es entre seres humanos, sino contra principados, potestades y huestes espirituales de maldad. En consecuencia, ninguna estrategia meramente humana es suficiente. Se requieren recursos divinos.

La oración y el ayuno fortalecen la autoridad espiritual del creyente, alinean su voluntad con la de Dios y debilitan la influencia del enemigo. Jesús mismo enseñó sobre esta verdad al declarar: “Pero este género no sale sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21). Hay batallas espirituales que solo pueden ser ganadas cuando el pueblo de Dios se humilla, busca Su rostro y depende completamente de Él.

El ayuno, lejos de ser un simple acto religioso, es una disciplina espiritual que nos capacita para ejercer dominio espiritual, establecer límites al enemigo y reclamar territorios que han sido afectados por la maldad. Un ejemplo contundente del poder del ayuno y la oración lo encontramos en la historia de la reina Ester. Ante la amenaza de exterminio del pueblo judío, Ester convocó a un ayuno nacional de tres días, entendiendo que solo una intervención divina podía revertir el decreto de muerte.

La Escritura relata: “Ve y reúne a todos los judíos que se hallan en Susa, y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días, noche y día; yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y entonces entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca” (Ester 4:16). El resultado fue claro y contundente: la liberación de una nación completa.

Hoy, más que nunca, la oración y el ayuno siguen siendo armas vigentes y necesarias. En tiempos de crisis, confusión y desafío espiritual, el llamado es a volver a Dios con un corazón sincero, entendiendo que la victoria no proviene de la fuerza humana, sino de la dependencia total en Aquel que tiene el control de todas las cosas.

Ante los tiempos que vivimos, el llamado es claro y urgente. No basta con reconocer la realidad espiritual que nos rodea; es necesario responder con decisión. Hoy más que nunca, como individuos, familias, iglesias y nación, estamos invitados a asumir nuestra responsabilidad espiritual. La oración y el ayuno no deben ser vistos como prácticas ocasionales reservadas para momentos de crisis extrema, sino como disciplinas constantes que fortalecen nuestra fe, afinan nuestra sensibilidad espiritual y nos posicionan correctamente delante de Dios.

Invitamos a cada lector a tomar un tiempo intencional para buscar a Dios al inicio de este año, a levantar un altar personal y familiar de oración, y a considerar el ayuno como una herramienta poderosa para interceder por nuestra nación, por nuestras autoridades, por la iglesia y por las generaciones venideras. Cuando el pueblo de Dios ora y se humilla, el cielo responde y la historia cambia.

Hoy es el momento de pasar de la reflexión a la acción, de la información a la intercesión, y de la pasividad a la autoridad espiritual. Que este sea un tiempo donde hombres y mujeres se levanten con convicción, entendiendo que la victoria no se gana en el terreno visible, sino en el ámbito espiritual, donde Dios sigue obrando a favor de aquellos que confían plenamente en Él.

Por: Apóstol Moisés Fuentes | Director de Levántate Guate

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