Cuando el hombre se rinde, Dios se manifiesta

Muchos hombres crecieron creyendo que debían ser fuertes todo el tiempo, ocultando sus temores y cargando solos con sus preocupaciones. Sin embargo, esta reflexión recuerda que la verdadera fortaleza se encuentra en reconocer nuestra fragilidad y aprender a descansar en Dios

Muchos hombres crecieron creyendo que debían ser fuertes todo el tiempo, ocultando sus temores y cargando solos con sus preocupaciones. Sin embargo, esta reflexión recuerda que la verdadera fortaleza se encuentra en reconocer nuestra fragilidad y aprender a descansar en Dios

Por: Dr. Jorge H. López
Escritor, Pastor General de Fraternidad Cristiana de Guatemala

“Debo ser fuerte por mi familia”, dicen algunos hombres. Sin embargo, es difícil para un hombre reconocer que es débil porque, en la mayoría de los casos, desde niños fueron enseñados a mostrarse fuertes. Si se caían, debían levantarse rápido y, aunque estuvieran lastimados, no debían mostrar dolor.

En la adolescencia, debieron hacerse un nombre con los amigos, demostrando valentía en situaciones peligrosas, algunas veces hasta poniendo en riesgo su vida. ¿Todo para qué? Para demostrar fuerza y firmeza. A los que tuvieron formación militar, se les enseñó que los hombres no lloran ni con las tripas de fuera.

Y esos hombres crecieron, se casaron, tuvieron hijos y, al entregar su corazón a Jesús, traen un estilo de vida distinto al que enseña la Biblia. Dios, en 2 Corintios 12:9, dice: «Mi bondad es todo lo que necesitas, porque cuando eres débil, mi poder se hace más fuerte en ti». Esta debilidad de la que habla la Biblia en este pasaje se refiere a la fragilidad de la vida. Pablo había recibido revelaciones que nadie más tenía y, para que no se jactara, un aguijón había sido enviado para atormentarlo.

Quizás usted ha escalado hasta lo alto de la empresa, con múltiples logros académicos y una trayectoria de liderazgo evidente; ha tenido que sufrir humillaciones, desprecios y calumnias, y a todo se ha sobrepuesto; pero ¿qué le preocupa? ¿Qué temores tiene? ¿Acaso es la estabilidad financiera de su empresa y familia? ¿Acaso es la competencia desleal del mercado y los entornos? Y más importante aún, ¿con quién comparte estas preocupaciones? ¿O sigue pensando que debe mostrarse fuerte ante todos?

Quienes somos padres tenemos una carga adicional: el sentido de responsabilidad por los hijos. No los hijos en sí, sino el sentido de responsabilidad. A veces se nos olvida que los hijos son herencia del Señor; que esas criaturas son de Dios, no nuestras. Y sí, están bajo nuestro cuidado por cierta cantidad de años, pero quien es su verdadero Padre es Dios. Y ese debe ser nuestro enfoque: enseñarles a los hijos que Dios es su Padre celestial.

Debemos entender que, a pesar de nuestro esfuerzo, es Dios quien obra a nuestro favor.

Y así, vamos por la vida, conquistando cerros y montañas para demostrar nuestro valor y capacidad. Pero se nos olvida algo. El Salmo 127:1 empieza diciendo: “Si el Señor no edifica la casa, en vano se esfuerzan los albañiles. Si el Señor no cuida la ciudad, en vano hacen guardia los vigilantes”. El Señor es el que edifica la casa porque Él es el arquitecto no solo del universo, sino también de la familia.

Debemos aprender a descansar en Dios. No significa que no nos esforcemos, pero debemos entender que, a pesar de nuestro esfuerzo, es Dios quien obra a nuestro favor.

Hay hombres que posponen ir al médico por ir a trabajar porque piensan que así son más productivos, cuando en realidad, sin salud o en la tumba, ¿qué bien le harán a su familia? No es por nuestra fuerza, sino por el Dios todopoderoso que habrá provisión en nuestra casa. Dice la Biblia en Zacarías 4:6b: “No será por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu —dice el Señor de los Ejércitos—”.

Hombres, es Dios el Todopoderoso, nuestro Padre, quien hace las cosas a través de nosotros. Reconozcamos nuestras limitaciones y dejemos que su poder se perfeccione en nuestra vida.

Reconozcamos que somos hijos de un Padre celestial amoroso, aunque el terrenal no nos haya dado ni un solo abrazo.

Este mes que nos celebran a los que somos padres, no olvidemos que somos hijos. Hijos de un Dios poderoso en quien podemos descansar y confiar.

Y recuerde: su familia y hogar se sostienen no por sus fuerzas, sino por el Espíritu de Dios.

Algo para recordar

“Debemos aprender a descansar en Dios. No significa que no nos esforcemos, pero debemos entender que, a pesar de nuestro esfuerzo, es Dios quien obra a nuestro favor.”

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