La prosperidad es un tema que suscita opiniones diversas y polarizadas, especialmente en el contexto de la fe y las prácticas religiosas. En los últimos años, en nuestro país, hemos observado cómo dos ideas se han difundido rápidamente en las redes sociales: la primera, que los pastores se enriquecen aprovechándose de los diezmos de la congregación; la segunda, que el llamado “evangelio de la prosperidad” impulsa estas riquezas. Es crucial aclarar que ninguna de estas afirmaciones es verídica y a pesar de ello muchos cristianos se han sumado con sus críticas.
Primero, es importante entender que el diezmo es un principio bíblico. Esta práctica, lejos de ser obligatoria, es completamente voluntaria y personal. Sin embargo, lamentablemente, es común encontrar burlas y críticas hacia quienes lo practican y hacia los pastores que lo enseñan, tanto desde fuera como dentro de la comunidad de fe, lo que genera divisiones entre los creyentes.
Es esencial recordar que el dinero en sí mismo no es ni bueno ni malo. La Biblia enseña que no es el dinero lo que corrompe al ser humano, sino el amor desmedido por las riquezas. Este amor excesivo puede desviar el corazón y alejar a las personas de los valores y principios que deberían guiar su vida. Por lo tanto, el problema no radica en tener dinero, sino en la actitud y el propósito con los que se maneja.
La prosperidad, desde una perspectiva bíblica, va más allá de la mera acumulación de bienes materiales. Es un estado integral que abarca el bienestar espiritual, emocional y físico; es la manifestación de la bendición de Dios en todas las áreas de la vida de una persona: tener paz, gozar de buena salud, vivir sin afán son solo algunas de las manifestaciones de la prosperidad. Por ello, es fundamental que los creyentes mantengan una perspectiva equilibrada sobre el dinero y las riquezas, utilizando los recursos que Dios les ha confiado de manera sabia y generosa, siempre buscando honrar a Dios y beneficiar a los demás.
Además, es importante destacar que los recursos que llegan al ministerio no solo cubren gastos administrativos, sino que también cumplen con otro principio bíblico: ayudar al prójimo. A través de la distribución de alimentos, recursos y programas para la transformación personal, las iglesias cumplen con su misión de reflejar el amor y la compasión de Cristo hacia los más necesitados.
En Guatemala, por ejemplo, la iglesia ha liderado iniciativas para proporcionar alimentos, ropa y medicinas a familias afectadas por desastres naturales en diferentes regiones del país. Estas acciones son un testimonio tangible del compromiso de la iglesia con el bienestar y el progreso de la sociedad en su conjunto.
Finalmente podemos decir que es vital que como cuerpo de Cristo promovamos una comprensión correcta y equilibrada de la prosperidad y del diezmo. Más allá de la dimensión material, debemos enfocarnos en como la prosperidad espiritual y emocional, renovando el alma, nos acerca a la verdadera prosperidad que proviene de Dios, que es la que no añade tristeza.
Honra a Jehová con tus bienes, Y con las primicias de todos tus frutos; Y serán llenos tus graneros con abundancia, Y tus lagares rebosarán de mosto