Esta edición se une a la celebración de la Biblia, un mes para reflexionar sobre el libro que ha transformado la vida de miles de personas en el mundo entero y a lo largo de los siglos. La Biblia, compuesta por 66 libros—39 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo Testamento—es, sin lugar a duda, el libro más leído y vendido de la historia. Su impacto es tal que ha sido traducido a más de 2000 idiomas de forma parcial y a 450 idiomas de forma completa. El Antiguo Testamento se ha traducido a 1329 lenguas y el Nuevo Testamento a 531 lenguas, evidenciando la necesidad que existe de conocer la Palabra de Dios.
No es casualidad que Johann Gutenberg eligiera este libro como la primera obra para imprimir en serie con su revolucionario invento, la imprenta. La Biblia es el origen de guía y sabiduría, una fuente que ilumina el camino de quienes buscan conocer su propósito en este mundo, tal como se puede leer en Salmos 119:105: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”.
Sin embargo, mientras hablamos de la importancia de la Biblia en la vida de cada cristiano, no debemos pasar por alto la manera en que nuestra fe es tratada en la esfera pública. Recientemente, fuimos testigos de un acto lamentable durante la inauguración de los Juegos Olímpicos en París 2024, donde se hizo burla de la escena de la Última Cena. Bajo la apariencia de tolerancia y diversidad, un grupo de personas, escondidos bajo un lema “artístico”, insultaron la fe de millones de cristianos en todo el planeta y lo peor es que el mundo cristiano fue un silencioso testigo de semejante acto.
Hubo contadas quejas en redes sociales y también ahí se evidenció la tibia postura de muchos cristianos que, ante la falta de argumentos, justificaron semejante atrocidad o creyeron que eso atañe solo a los católicos. Es imperante abrir los ojos: esta ofensa no fue dirigida únicamente a los católicos, sino a todos los creyentes en Jesús. ¿A caso no es la Santa Cena el acto que celebramos en nuestros templos para recordar el sacrificio de Jesús en la cruz? Esta escena es un hecho central que da sustento a nuestra fe. Cuando estas representaciones son mancilladas, no solo se ofende a una religión, sino a todos los que compartimos la fe en Cristo.
Así que cabe lanzar las preguntas: ¿Cuánto más debemos tolerar para reconocer que hay un ataque a nuestra fe? ¿Qué más debe pasar para que levantemos la voz y defendamos aquello en lo que creemos? No olvidemos lo que nos dice Jesús en Mateo 10:32-33: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos; y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.
Hermanos, ya no es una opción callar. No podemos seguir perdiendo terreno cuando se trata de nuestra fe y de Jesús en el que creemos. Es momento de alzarnos con valentía, de proclamar la Verdad que nos ha sido revelada y de asegurarnos que la luz de Cristo brille en cada rincón de este mundo. Como nos exhorta el apóstol Pablo en 2 Timoteo 1:7-8, “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”. Nuestra voz, unida en fe, puede y debe marcar la diferencia.
Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio. Así que no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que por su causa soy prisionero. Al contrario, tú también, con el poder de Dios, debes soportar sufrimientos por el evangelio
2 Timoteo 1:7-8. NVI