Orar jamás será un delito

Por: Marly Leonzo de Armas Por gracia, hija de Dios. Ciudades icónicas como Londres, París o Madrid, alguna vez reconocidas no solo por su historia y belleza, sino también por ser baluartes de la fe, hoy parecen perder la esencia que las sostenía. Reino Unido, Francia y España, naciones que se fundamentaron en principios profundamente…

Por: Marly Leonzo de Armas

Por gracia, hija de Dios.

Ciudades icónicas como Londres, París o Madrid, alguna vez reconocidas no solo por su historia y belleza, sino también por ser baluartes de la fe, hoy parecen perder la esencia que las sostenía. Reino Unido, Francia y España, naciones que se fundamentaron en principios profundamente religiosos, ahora se han volcado en una dirección que, para muchos, resulta desconcertante. La libertad que antes permitía a miles expresar su fe abiertamente se ve amenazada por una creciente presión para ocultarla o incluso silenciarla. ¿Cómo es posible que aquello que alguna vez fue el alma de estas culturas, hoy se perciba casi como una carga?

Esta realidad se replica en muchas partes del mundo. Recientemente, Escocia atrajo la atención con la imposición de una ley que prohíbe orar en casas o en la calle cerca de centros médicos donde se practican abortos. ¿Cómo hemos llegado a este punto? La fe, que solía ser un pilar, una fuente de identidad y cohesión social se ve desplazada por corrientes que intentan relegar a Dios al olvido, exigiendo que la oración se limite a las cuatro paredes de la intimidad personal. Pero orar no es un delito; es un acto de libertad que refleja la necesidad humana de conectar con lo eterno, de hallar respuestas en medio de la incertidumbre. Si el silencio se impone, las piedras mismas clamarán, porque la oración no puede ser contenida ni por decretos ni por opiniones.

La esencia de la oración debe mantenerse viva en los corazones de quienes se niegan a dejar de creer. Es una respuesta a la necesidad más profunda del alma, un lugar donde encontramos paz, dirección y esperanza, sin importar cuán oscuro sea el panorama.

¿Cuándo se convirtió en un problema alzar una plegaria al cielo? ¿En qué momento expresar nuestra fe se volvió una amenaza para la sociedad? Nos piden que callemos, que mantengamos la fe como algo privado, que no incomodemos a los demás con nuestras creencias. Pero la fe no es un secreto que debamos esconder; es una fuente de vida, esperanza y transformación.

Como creyentes, sabemos que la oración no es opcional, es una necesidad. Es nuestra manera de recordar que no estamos solos, que hay un Dios que escucha y responde, que tiene el poder de intervenir y que, aunque no veamos cambios inmediatos, nos transforma a nosotros mismos. Orar no es solo pedir; es agradecer, alabar, interceder. Es la forma en que elevamos nuestros corazones a Dios y nos dejamos llenar de su paz y fortaleza.

Por eso, a quienes intentan silenciar nuestras oraciones les decimos que orar no es un delito. Es nuestra manera de vivir, nuestro derecho, nuestra libertad y nuestro compromiso con Dios. En un mundo que parece haberse desviado de sus cimientos, la oración sigue siendo el lazo que nos une a lo eterno, el refugio en el que encontramos consuelo y la fuerza que nos impulsa a seguir adelante. Aunque las leyes cambien y la presión aumente, seguiremos orando, porque la verdadera libertad está en poder vivir y expresar nuestra fe sin temor.

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