Por: Marly Leonzo de Armas
Por gracia, hija de Dios.
Etimológicamente, la palabra “Navidad” proviene del latín natalis, que significa “nacimiento”. En el contexto cristiano, este término está profundamente ligado a Jesús. En otras palabras, la Navidad se trata de un hecho trascendental: el nacimiento de Jesús, el Salvador del mundo.
Aunque sabemos que el nacimiento de Jesús no ocurrió en diciembre, esta fecha es un recordatorio perfecto de Su propósito eterno: ofrecer salvación y vida eterna a todos los que creen en Él.
Lamentablemente, en muchos casos esta celebración deja fuera a Jesús. Como cristianos, debemos recordar que celebramos la Navidad porque Él nació y no llegó para recibir sino para otorgarnos redención y reconciliación con el Padre. Su nacimiento fue el cumplimiento del mayor acto de amor: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Príncipe de Paz.” (Isaías 9:6, RV1960).
Hacer de Jesús el centro de la Navidad significa reflexionar sobre Su mensaje, practicar la generosidad y compartir tiempo en oración. Cambiemos el consumismo por acciones que reflejen Su propósito. Digamos con alegría: ¡Feliz Navidad! y celebremos a Cristo. No reduzcamos el saludo a felices fiestas, porque no se hay fiesta sin Jesús.
Jesús es el regalo más grande que hemos recibido. Esta Navidad, pongámoslo en el centro de nuestro corazón y nuestras familias, para que todo lo que hagamos refleje Su amor y propósito.
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Príncipe de Paz
Isaías 9:6, RV1960