El amor que enseña la Biblia.

Muchos celebran el amor un solo día del año. Flores, mensajes, cenas especiales y fotos bonitas llenan las redes y los escaparates. Todo eso es agradable y tiene su lugar. Pero la verdad es que el amor que edifica no se sostiene en una fecha, sino en lo que ocurre los otros días, cuando no…

El 14 de Febrero es un día que nos recuerda el amor y la amistad 

Muchos celebran el amor un solo día del año. Flores, mensajes, cenas especiales y fotos bonitas llenan las redes y los escaparates. Todo eso es agradable y tiene su lugar. Pero la verdad es que el amor que edifica no se sostiene en una fecha, sino en lo que ocurre los otros días, cuando no hay aplausos, ni regalos, ni palabras preparadas.

La palabra de Dios invita a reflexionar sobre un concepto de amor más profundo y duradero.

Desde la perspectiva bíblica, el amor no se limita a un sentimiento pasajero, sino que se expresa en actitudes cotidianas como el respeto, el perdón y el compromiso con el prójimo. Este enfoque cobra especial relevancia en un contexto social marcado por la intolerancia, la violencia y la indiferencia.

El mensaje bíblico recuerda que el amor verdadero se manifiesta en acciones concretas y en la disposición a buscar el bienestar del otro. “Sobre todo, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14), señala otro pasaje de las Escrituras.

El amor no es solo besos y abrazos. Eso acompaña y suma, pero no sostiene. El amor del que habla la Biblia es más profundo. Hay días en los que amar no se siente, pero se decide. Días en los que cuesta escuchar, perdonar o seguir caminando juntos. Días en los que el silencio pesa más que las palabras. Y es justamente ahí donde se prueba qué tipo de amor estamos viviendo.

El amor humano, cuando se apoya solo en emociones, se desgasta. Cambian las etapas, llegan las pruebas, aparecen heridas y cansancio. Pero cuando Dios es la fuente del amor, algo distinto ocurre: el corazón aprende a permanecer. No porque todo sea fácil, sino porque hay una base más firme que las emociones del momento.

Una relación se parece mucho a un árbol. No se mantiene en pie por lo bonito que se ve por fuera, sino por la profundidad de sus raíces. Cuando las raíces son débiles, cualquier tormenta lo derriba. Lo mismo sucede con el amor: no se sostiene con gestos externos, sino con raíces profundas. Y esas raíces crecen cuando dejamos de vivir pensando solo en lo nuestro y ponemos la vida en las manos de Dios.

Hoy se habla mucho de amor, pero poco del compromiso que implica amar. El amor que enseña la Biblia no es egoísta. No vive reclamando lo que falta, sino dando aun cuando cuesta. No se define por lo que recibe, sino por lo que está dispuesto a entregar. La Escritura lo expresa con claridad:

“El amor es paciente, es bondadoso; no busca lo suyo, todo lo espera y todo lo soporta” (1 Corintios 13:4–7).

Ese amor se vive en lo cotidiano: en quedarse cuando sería más fácil irse, en hablar con respeto cuando hay diferencias, en cuidar cuando el cansancio pesa. No es un amor perfecto en la práctica, porque lo vivimos personas imperfectas, pero sí es un amor firme en su origen, porque nace en Dios.

Al final, el amor que realmente edifica no es el que solo se celebra, sino el que se vive. Es el amor que aprende a esperar, a ceder y a dar incluso cuando no es fácil. El que no se sostiene solo con palabras, sino con decisiones diarias. Cuando Dios ocupa el centro de la vida y de la relación, el amor deja de depender del momento y comienza a echar raíces. Y un amor con raíces profundas no solo resiste el tiempo, sino que sigue dando vida.

Columna Invitada

Víctor y Emma de Cuéllar Pastores de Iglesia del Camino – El Salvador

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