Un ataque armado en la provincia de Ituri deja al menos 43 muertos, entre ellos nueve niños, y revienta la frágil calma en el noreste del país.
El horror irrumpió el domingo en el corazón de una comunidad cristiana en el noreste de la República Democrática del Congo. Mientras decenas de fieles oraban en una iglesia católica en el poblado de Komanda, provincia de Ituri, un grupo armado identificado como parte de las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF) perpetró una masacre que dejó al menos 43 muertos, incluidos nueve niños.

Los atacantes ingresaron al templo sin previo aviso y, según informes preliminares, utilizaron armas blancas para asesinar a la mayoría de las víctimas. Al menos una decena de personas fue secuestrada, mientras que varias viviendas y comercios en los alrededores fueron reducidos a cenizas. La violencia fue tan repentina como devastadora.
La Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en la RDC (Monusco) condenó el ataque como una «atroz violación de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario». Desde Kinshasa, el gobierno aún no ha emitido una declaración formal, pero el Ejército nacional (FARDC) desplegó unidades adicionales en la zona, declarando la operación como prioritaria.

Este nuevo acto de barbarie llega tras meses de relativa calma en Ituri, una región históricamente golpeada por la violencia de grupos armados. La última acción letal atribuida a las ADF en este territorio ocurrió en febrero, cuando al menos 23 personas fueron asesinadas en Mambasa. Las autoridades militares calificaron aquel episodio como “una masacre a gran escala”, señalando que el grupo busca diseminar el terror como forma de castigo contra comunidades consideradas hostiles o simplemente desprotegidas.
La población de Komanda, acostumbrada a desplazamientos y miedo cotidiano, ha quedado paralizada por la tragedia. Las imágenes de cuerpos sin vida dentro del templo y los gritos de los sobrevivientes evocan los peores capítulos de un conflicto que parece no tener fin.
Las ADF, nacidas en Uganda en los años noventa como una milicia islamista, se han convertido en uno de los grupos más sangrientos del este congoleño. En 2019, sus líderes juraron lealtad al Estado Islámico, y desde entonces, han intensificado sus operaciones, utilizando tácticas de extrema crueldad, como ataques nocturnos, mutilaciones y decapitaciones.
La masacre del 27 de julio coincide con un delicado reacomodo militar en el este del país. Apenas ocho días antes, el gobierno y el grupo rebelde M23 firmaron un acuerdo para una tregua temporal en otra parte del territorio oriental. La simultaneidad entre el fin de esa tregua y el ataque de las ADF plantea inquietudes sobre una posible coordinación entre grupos armados para aprovechar vacíos de poder y dispersión de recursos estatales.
Ituri, junto con las vecinas provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur, alberga más de 130 grupos armados activos. Muchos están vinculados a redes ilegales de extracción de minerales como coltán, oro, cobalto y diamantes. La lucha por el control de estos recursos alimenta una espiral de violencia que ha desplazado a millones de personas y dejado decenas de miles de muertos en las últimas dos décadas.
La comunidad internacional ha intentado, sin éxito, reducir la influencia de estos grupos. Misiones de paz, operaciones conjuntas con Uganda y esfuerzos de diálogo no han logrado alterar la ecuación de poder en la región. Para los habitantes de Komanda y otras aldeas de Ituri, la supervivencia depende de huir, esconderse y orar.
Mientras las autoridades recogen los cuerpos y contabilizan los daños, en el templo atacado solo quedan cenizas y silencio. El altar, manchado de sangre, es ahora un testimonio brutal de la impunidad. La fe de los sobrevivientes, como en muchas otras partes del Congo, se pone a prueba una vez más en medio del fuego cruzado.