La cruz, el perdón, la gracia y la promesa de vida eterna son los fundamentos sobre los que descansa la fe cristiana. La certeza de que Él venció la muerte al tercer día es la base de nuestra esperanza, el corazón del Evangelio y la piedra angular de la vida de todo creyente.

Por Marly Leonzo
Cuando las mujeres llegaron al sepulcro aquel domingo por la mañana, no encontraron lo que esperaban. Iban a ungir un cuerpo, pero en lugar de un cadáver, hallaron una tumba vacía. Fue entonces cuando escucharon las palabras que cambiarían la historia para siempre: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:5-6).
Las mujeres fueron las primeras testigos del milagro de la resurrección. No solo vieron con sus propios ojos que Jesús ya no estaba allí, sino que también recibieron el encargo divino de anunciar esta verdad a los discípulos. Desde ese momento, la misión de compartir la noticia de que Jesús ha resucitado se convirtió en el centro del mensaje cristiano.
La resurrección de Jesús no fue un evento aislado. Fue el cumplimiento exacto de lo que las Escrituras habían profetizado siglos antes. El mismo Jesús lo había anticipado a sus discípulos: “Y comenzó a enseñarles que era necesario que el Hijo del Hombre padeciera mucho… y que fuese muerto, y resucitara después de tres días” (Marcos 8:31).
Esa promesa cumplida es lo que da vida al cristianismo. Creemos en un Dios que venció la muerte, no en uno que permanece en una tumba. Esa es una de las verdades más poderosas que distinguen al cristianismo de cualquier otra religión. Ningún otro líder religioso ha resucitado; solo Jesús afirmó ser el Hijo de Dios, murió por los pecados del mundo y volvió a la vida al tercer día, como testimonio de su divinidad.
Pablo lo explicó de forma contundente: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14). Es decir, sin la resurrección, no habría Evangelio, ni esperanza, ni salvación. Pero como Cristo vive, entonces todo tiene sentido: la cruz, el perdón, la gracia y la promesa de vida eterna.
Vivir la resurrección hoy significa más que celebrar un domingo al año. En una época marcada por la desesperanza, el individualismo y la ansiedad, ser testigos del Cristo resucitado implica vivir con alegría, generosidad, perdón y valentía.
Vivir la resurrección es caminar con propósito, compartir el mensaje de esperanza con otros, y permitir que Jesús transforme nuestra manera de pensar, amar y actuar. Jesús mismo lo dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Esa es la gran promesa del Evangelio: que todo aquel que cree en Él y nace de nuevo, recibirá vida eterna.
Hoy, más de dos mil años después, ese mensaje sigue siendo igual de poderoso: la tumba está vacía, Cristo vive, y hay esperanza para todo aquel que cree. No importa cuán oscuro parezca el panorama, ni cuán rota esté una vida; la resurrección nos recuerda que no hay situación definitiva cuando Dios está presente. Su victoria sobre la muerte sigue ofreciendo perdón, restauración y una nueva oportunidad a todo aquel que abra su corazón. La resurrección no es solo un recuerdo, es una realidad viva que transforma corazones hoy.