Hay una pregunta que la mayoría de nosotros preferimos no hacernos. No porque sea difícil de entender, sino porque es difícil de responder con honestidad. La pregunta es esta: si tu comodidad, tu carrera, tu seguridad —o la de tu familia— dependieran de mirar hacia otro lado, ¿Qué harías?
Por: Lic. Ilan López | Director Ejecutivo Comunidad Judía de Guatemala

No es una pregunta filosófica. Es la pregunta que definió a millones de personas reales durante los años más oscuros del siglo pasado. Y es también la razón por la que Yom Hashoa —el Día del Recuerdo del Holocausto— sigue siendo mucho más que una fecha en el calendario. Es un espejo. Una invitación incómoda y necesaria a preguntarnos qué tipo de personas somos, o qué tipo de personas estamos eligiendo ser. No como ejercicio retórico, sino como examen genuino de conciencia. Porque la memoria que no interpela no es memoria. Es decoración.
Este año, la Comunidad Judía de Guatemala conmemoró ese día honrando a los Justos Entre las Naciones. El acto reunió a embajadores, autoridades de diversas universidades, pastores evangélicos y amigos de la comunidad, y tuvo un invitado especial cuya sola presencia convertía la historia en algo inmediato y vivo: José Miguel Barreto, Coordinador Residente de las Naciones Unidas en Guatemala. Barreto se paró frente a la comunidad y contó una historia que lleva en la sangre —porque el Justo que ese día se honraba, José María Barreto, Cónsul General de Perú en Ginebra durante la Segunda Guerra Mundial, era su tío abuelo. No era un historiador hablando de un personaje del pasado. Era un sobrino hablando de un hombre cuya decisión más valiente también definió, de alguna manera, a todos los que vinieron después de él.
José María Barreto fue un diplomático peruano que, en plena ocupación nazi de Europa, tomó una decisión que lo cambió todo. Contra las instrucciones explícitas de su gobierno, sin ser judío y sin esperar ninguna recompensa, emitió pasaportes peruanos a judíos perseguidos que de otro modo habrían marchado hacia los campos de exterminio. Sabía el riesgo. Sabía lo que le costaría. Y lo hizo de todas formas. En total, 58 personas —entre ellas 14 niños— recibieron esos documentos. Cuando fue descubierto, Lima respondió con un cable que cancelaba su cargo, anulaba los pasaportes y ordenaba cerrar el consulado. Barreto fue despedido, dejado sin protección ni sustento, abandonado por el mismo gobierno al que había servido durante años. Murió sin reconocimiento oficial. Sería hasta el 4 de marzo de 2014 —más de setenta años después— que Yad Vashem, el Instituto Mundial para la Memoria del Holocausto, lo reconoció como Justo Entre las Naciones, la distinción más alta que el Estado de Israel otorga a personas no judías. Solo entonces, el Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú restituyó su rango diplomático y le otorgó reconocimientos póstumos.

Fue su sobrino, José Miguel Barreto, quien esa noche le devolvió la voz. Con la emoción medida de quien ha cargado ese apellido como una herencia y una responsabilidad, compartió los detalles de una historia que la familia había preservado con cuidado y que la historia oficial había tardado demasiado en reconocer. Había algo profundamente significativo en verlo ahí: un diplomático de las Naciones Unidas, descendiente directo de un hombre que pagó con su carrera diplomática el precio de no mirar hacia otro lado. Como si la historia hubiera trazado un arco largo y silencioso entre aquel consulado en Ginebra y ese salón en Guatemala, ochenta años después. Una misma familia. Dos diplomáticos. Y entre ellos, la pregunta que no cambia con el tiempo.
Y es ahí donde esta historia deja de ser solo historia y se convierte en pregunta.
El rabino Jonathan Sacks, uno de los pensadores morales más lúcidos del siglo pasado, dedicó gran parte de su obra a entender cómo se forma el carácter humano. Tenía una convicción que parece sencilla pero que tiene consecuencias profundas: el carácter moral no aparece de repente en los momentos de crisis. Se construye, lenta y casi invisiblemente, en las decisiones pequeñas de la vida ordinaria. En si elegimos hablar o callar cuando vemos una injusticia menor. En si somos capaces de ver al otro —al diferente, al perseguido, al incómodo— como un ser humano completo, portador de la misma dignidad que nosotros reclamamos para nosotros mismos. En si nos atrevemos a hacer la pregunta correcta cuando el entorno nos anima a no hacerla. El momento decisivo, decía Sacks, no crea al héroe. Solo revela quién ya era. Y lo que revela depende enteramente de lo que esa persona ha ido construyendo, en silencio, a lo largo de toda una vida.
José María Barreto no se convirtió en un hombre justo la noche que firmó esos pasaportes. Llegó a ese momento siendo ya quien era. Y lo que esta historia nos exige no es admirarlo desde la distancia cómoda del tiempo transcurrido, sino preguntarnos qué estamos construyendo en nosotros hoy, en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que nadie ve ni registra.
Porque la prueba del alma no siempre se presenta de manera dramática. La mayoría de las veces llega en formas más silenciosas y más cercanas: en el chiste antisemita que escuchamos y no interrumpimos, en la publicación de odio que vemos pasar y no cuestionamos, en la conversación donde alguien deshumaniza a otro y nosotros guardamos silencio para no incomodar el ambiente. En la reunión donde alguien culpa a los judíos de los males del mundo y todos asienten o callan. El antisemitismo no comenzó con los campos de concentración. Comenzó con el silencio de gente normal que decidió, una y otra vez, que no era su problema. Que era mejor no meterse. Que total, qué podía hacer uno solo.
Esto es lo que Yom Hashoa nos pide que no olvidemos. No solo el horror de lo que ocurrió, sino las condiciones que lo hicieron posible: la indiferencia organizada, el miedo social al costo de actuar, el hábito colectivo de desviar la mirada. Y nos pide que seamos honestos sobre cuánto de eso sigue vivo hoy, con distintos rostros pero con la misma lógica. El odio hacia el judío —el más antiguo de los odios, el que ha sobrevivido a todos los siglos y a todos los intentos de extinguirlo— no ha desaparecido. Cambia de forma, migra de plataforma, encuentra nuevos lenguajes y nuevas justificaciones. Y sigue dependiendo, para expandirse, del silencio cómodo de quienes podrían hablar y eligen no hacerlo.
Por eso la figura de los Justos Entre las Naciones no es una reliquia del pasado. Es una brújula para el presente. Nos señala que en cada época hay una decisión que tomar, y que esa decisión, aunque parezca pequeña e insignificante, define quiénes somos. José María Barreto no tenía ninguna obligación legal, étnica ni religiosa de actuar. No le pedían que fuera un héroe. Solo que siguiera instrucciones, mirara hacia otro lado y protegiera su carrera. Lo que tenía, en cambio, era una conciencia que no le dejaba hacer eso. Y esa conciencia no apareció de la nada en 1943. Se había formado a lo largo de toda una vida de pequeñas decisiones correctas que nadie registró, hasta que llegó el momento en que sí importó.
La Comunidad Judía de Guatemala honró este año esa memoria. Y al hacerlo, no solo rindió tributo a un hombre ni cerró una deuda histórica. Extendió una invitación: la de ser el tipo de persona que, cuando la historia pida cuentas, pueda decir que no miró hacia otro lado. Esa invitación no caduca. Nos llega a todos, en el momento y en la forma que menos esperamos. Y la única manera de estar listos para responderla es empezar hoy, en lo ordinario, en lo invisible, en lo que construye el alma en silencio.
Cuando llegue tu momento —y llega, de una forma u otra, para todos— ¿qué habrás construido en ti para poder responderlo?

