Israel en la encrucijada: diplomacia firme, mediaciones cuestionadas y una paz en construcción

La reciente reunión entre el presidente Donald J. Trump y el primer ministro Benjamín Netanyahu vuelve a colocar a Israel en el centro del tablero geopolítico mundial. Según Trump, el encuentro fue “muy positivo” y confirmó la solidez de la relación bilateral. Sin embargo, más allá del lenguaje diplomático, el punto neurálgico sigue siendo Irán.

Juan Fridman

La reciente reunión entre el presidente Donald J. Trump y el primer ministro Benjamín Netanyahu vuelve a colocar a Israel en el centro del tablero geopolítico mundial. Según Trump, el encuentro fue “muy positivo” y confirmó la solidez de la relación bilateral. Sin embargo, más allá del lenguaje diplomático, el punto neurálgico sigue siendo Irán.

La insistencia de Washington en continuar las negociaciones con Teherán revela una estrategia de doble vía: mantener abierta la puerta del diálogo, pero recordando que existen precedentes de acciones contundentes cuando Irán opta por no cooperar. Desde una lectura estratégica, Israel observa con atención. Para Jerusalén, cualquier acuerdo que no limite de forma verificable las ambiciones nucleares iraníes representa un riesgo existencial. Por ello, aunque la diplomacia es bienvenida, la historia reciente obliga a mantener prudencia.

Trump también afirmó que existe “progreso enorme” en Gaza y en la región, incluso hablando de un escenario de paz. Este optimismo debe analizarse con cautela. En Oriente Medio, la paz no se mide solo por la ausencia temporal de enfrentamientos, sino por cambios estructurales en seguridad, gobernanza y desradicalización. Israel ha aprendido que los avances frágiles pueden revertirse rápidamente si no se transforman las raíces ideológicas y financieras del conflicto.

En este contexto emerge otra pieza clave: Catar. El líder opositor catarí exiliado Khalid al-Hail lanzó duras críticas contra Doha, cuestionando su rol como mediador en Gaza. Según sus declaraciones, Catar no puede actuar como árbitro imparcial cuando ha sido señalado por su respaldo a Hamás. Si estas acusaciones reflejan una realidad estructural, el problema no es menor: la mediación internacional pierde credibilidad cuando los intermediarios tienen vínculos con actores del conflicto.

Al-Hail fue aún más lejos al denunciar una supuesta financiación de redes que promueven propaganda antijudía a nivel global. Estas afirmaciones, de confirmarse, explicarían en parte el aumento del antisemitismo en distintos escenarios internacionales. Para Israel, la batalla no es solo militar o diplomática; también es cultural y narrativa.

Desde esta perspectiva, el momento actual combina oportunidades y amenazas. La alianza estratégica con Estados Unidos continúa siendo un pilar fundamental. Sin embargo, la estabilidad regional dependerá de decisiones concretas frente a Irán, de la transparencia en los procesos de mediación y de un compromiso real con la erradicación del extremismo.

Para el mundo cristiano, que observa a Israel no solo como actor político sino como nación bíblica, el desafío es doble: comprender la complejidad geopolítica sin simplificaciones y sostener una oración informada y responsable. La paz verdadera no se decreta; se construye con firmeza, verdad y discernimiento.

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