Mario Rojas E. Psicologo Cristiano: | Vivimos en una sociedad emocionalmente agotada. No estamos cansados solo físicamente; estamos cansados por dentro.
El estrés sostenido, la inmediatez, la comparación constante y la sobreexposición a estímulos han alterado nuestra manera de relacionarnos. Hoy las personas se vinculan desde la prisa, la herida o el miedo, y no desde la presencia ni la conciencia.

Desde la psicología sabemos que el ser humano necesita vínculos seguros para desarrollarse. El cerebro está diseñado para la conexión: cuando nos sentimos comprendidos y aceptados, se liberan neurotransmisores como la oxitocina y la serotonina, que generan calma y bienestar. Sin embargo, cuando vivimos en alerta constante, nuestro sistema nervioso se vuelve defensivo. Y una persona a la defensiva no ama bien: reacciona, huye o ataca.
Esto se refleja en todo tipo de relaciones. En lo romántico, vemos parejas que se eligen desde la carencia emocional y no desde la libertad. En la familia, silencios largos, conversaciones superficiales y heridas no resueltas. En las amistades, vínculos frágiles que se rompen ante el primer desacuerdo. En la comunidad, individualismo. En el trabajo, relaciones funcionales pero deshumanizadas.
La Biblia ya lo advertía: “Cada uno mire no solo por lo suyo propio, sino también por lo de los otros” (Filipenses 2:4). El problema es que hemos aprendido a sobrevivir emocionalmente, pero no a vincularnos sanamente.
Las relaciones sanas no son espontáneas; son intencionales. Requieren autoconocimiento, regulación emocional y una profunda revisión interior. Nadie puede dar lo que no tiene. Si vivimos llenos de miedo, control o resentimiento, eso es lo que llevaremos a nuestros vínculos.

Ser intencionales implica detenernos y preguntarnos: ¿desde dónde me relaciono?, ¿desde la herida o desde la sanidad?, ¿desde el ego o desde el amor?
Algunas claves fundamentales para construir relaciones sanas hoy son: sanar antes de exigir, aprender a gestionar emociones y no actuar impulsivamente, practicar la escucha profunda sin interrumpir ni juzgar, establecer límites claros que protejan la dignidad y la paz, y entender que amar no es solo sentir, sino decidir.
Jesús nos mostró un modelo relacional revolucionario: cercanía con límites, compasión con verdad, amor sin manipulación. Relaciones donde hay gracia, pero también responsabilidad.
Cuando una persona sana por dentro, sus relaciones se ordenan por fuera. Y cuando una sociedad aprende a amar de forma consciente, se reconstruye desde lo más profundo: el corazón humano.

