Amar comienza en el espejo

Hay verdades que incomodan, pero liberan. Una de ellas es que nadie puede dar lo que no posee. En el terreno del amor, tan invocado como poco comprendido, la primera conquista no es externa, sino interior: el propio corazón. Durante años se nos enseñó a buscar amor en la aprobación ajena, en la pertenencia o…

Hay verdades que incomodan, pero liberan. Una de ellas es que nadie puede dar lo que no posee. En el terreno del amor, tan invocado como poco comprendido, la primera conquista no es externa, sino interior: el propio corazón. Durante años se nos enseñó a buscar amor en la aprobación ajena, en la pertenencia o en el aplauso, pero raramente a mirarnos con compasión y dignidad.

Sin embargo, la Escritura es clara: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31). Ese “como a ti mismo” no es accesorio, sino fundamento. El amor al prójimo tiene como medida el amor propio. Si esa medida está distorsionada, la entrega también lo estará. Juan Calvino recordaba que el ser humano posee un instinto natural de cuidado propio; el mandamiento no nos llama a inventar el amor propio, sino a ordenarlo bajo el señorío de Dios. El problema no es amarnos, sino hacerlo de forma desordenada.

Amarse no es idolatrarse. No es inflar el ego ni vivir centrados en uno mismo, sino reconocer con serenidad el propio valor, aceptar la historia personal con luces y sombras, y asumir la responsabilidad de cuidarse integralmente. Martín Lutero enseñó que la justificación por la fe libera al creyente de la tiranía de probar su valor. Si somos aceptados por gracia, el amor propio se transforma en gratitud humilde, no en soberbia. Muchos viven desconectados de sí mismos: ignoran heridas, reprimen miedos y desprecian límites, intentando construir relaciones sanas desde un interior fragmentado. Dietrich Bonhoeffer advertía que quien no sabe estar a solas consigo mismo delante de Dios termina usando a la comunidad para huir de su vacío. Quien no se ama busca que lo completen; quien no se acepta mendiga validación; quien no se perdona proyecta sus inseguridades en otros.

El diálogo interior es la primera relación. Las palabras que nos dirigimos moldean nuestra identidad. “La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Pr. 18:21), también de la lengua interior. A. W. Tozer señalaba que lo que pensamos de Dios es lo más importante acerca de nosotros; de igual forma, lo que creemos que Dios piensa de nosotros define cómo nos hablamos. Un corazón que se trata con desprecio difícilmente sabrá amar con ternura.

El amor propio es también una responsabilidad espiritual. El Salmo 139 afirma que somos obra admirable de Dios; despreciarnos es, en cierto modo, despreciar al Creador. La teología reformada insiste en que, aunque caídos, seguimos siendo portadores de la imago Dei. Herman Bavinck afirmaba que la imagen de Dios fue distorsionada, no destruida. El evangelio no llama al auto-odio, sino a la restauración.

Amarse implica cuidar el cuerpo, ordenar la mente y proteger el alma. Implica poner límites, decir “no” sin culpa y rechazar la autodestrucción disfrazada de sacrificio. John Stott recordaba que la cruz es modelo de amor, no de abuso: Cristo se entregó voluntariamente, no por manipulación.

Desde un yo sano nace un nosotros fuerte. Los vínculos sólidos no se construyen con dos mitades rotas, sino con personas que han afirmado su identidad en Cristo. Tim Keller advertía que cuando hacemos del otro nuestra salvación funcional, lo convertimos en un ídolo incapaz de sostener ese peso.

Amar bien es un movimiento de adentro hacia afuera. No podemos ofrecer paz si vivimos en guerra con nosotros mismos, ni comprensión si no nos comprendemos. El amor comienza en el espejo, en la conciencia examinada ante Dios, en la reconciliación con la propia historia a la luz de la cruz. Solo cuando el amor propio es sano, humilde y anclado en la gracia, estamos verdaderamente preparados para amar al prójimo no desde la carencia, sino desde la abundancia.

es_ESSpanish