El amor de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento: Una misma verdad eterna

Desde el monte Sinaí hasta la cruz del Calvario, la Biblia nos revela un mismo amor divino que trasciende generaciones. Comparar Éxodo 34:6 y Juan 3:16 nos permite descubrir que, aunque los contextos cambien, el corazón de Dios es inmutable.

Desde el monte Sinaí hasta la cruz del Calvario, la Biblia nos revela un mismo amor divino que trasciende generaciones. Comparar Éxodo 34:6 y Juan 3:16 nos permite descubrir que, aunque los contextos cambien, el corazón de Dios es inmutable.

Redacción La Palabra

En Éxodo 34:6, Dios se presenta ante Moisés proclamando: “¡El Señor, el Señor! Dios compasivo y clemente, lento para la ira y grande en amor y fidelidad”. Este pasaje ocurre después del pecado del becerro de oro, un momento en el que Israel merecía juicio inmediato. Sin embargo, Dios decide revelarse como misericordioso y dispuesto a perdonar. Aquí, el amor divino se manifiesta en su paciencia y su disposición a restaurar al pueblo.

Siglos después, en Juan 3:16, encontramos la expresión máxima de ese mismo amor: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. Aquí, Dios no solo muestra compasión verbalmente, sino que la demuestra a través de la entrega de su propio Hijo para la salvación de todos.

Aunque los contextos son distintos —uno en el marco de la ley y el otro en la plenitud de la gracia—, el mensaje es el mismo: Dios busca restaurar la relación rota con la humanidad. En el Antiguo Testamento, esa restauración se prefiguraba en sacrificios y pactos; en el Nuevo Testamento, se cumple plenamente en la cruz.

Para nuestra vida actual, este paralelo nos enseña dos verdades clave:

  1. El amor de Dios es constante: No depende de nuestras circunstancias ni de nuestras fallas.
  2. Su amor es activo: No se queda en palabras; se manifiesta en acciones concretas que nos salvan y transforman.

Si alguna vez dudamos de si Dios nos ama, solo necesitamos mirar atrás, al Sinaí, y ver su paciencia con Israel; luego mirar al Calvario y contemplar su entrega por nosotros. Es el mismo Dios, con el mismo amor, que hoy sigue llamándonos a vivir en comunión con Él.

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