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Influencia y productividad

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La política, en su esencia más profunda, es influencia: la capacidad de conducir voluntades, construir acuerdos, tomar decisiones y movilizar a una sociedad hacia un propósito.

Existen dos grandes dimensiones que todo líder de nación debe desarrollar: política y economía.

Una nación necesita líderes influyentes, capaces, que conozcan y vivan los problemas, entiendan las instituciones y sepan resolver, teniendo como centro el servicio. 

Las naciones se construyen día a día en conversaciones, conectando sectores, generando confianza y creando puentes.

El líder también debe tener la humildad de reconocer públicamente que es Dios quien permite y sostiene aquello que se alcanza, quien guía el camino.

El líder de nación debe estar dispuesto a recorrer el país, por que es necesario conocer los territorios, escuchar a las comunidades, vivir sus necesidades y comprender las oportunidades que existen en cada región. Para influir sobre una nación, primero hay que conocerla.

La segunda dimensión del liderazgo de nación es la economía. Y aquí debemos cambiar la mentalidad: la economía no debe entenderse únicamente como un tema de dinero o administrar recursos, sino como la acción de crear condiciones para que los recursos se multipliquen y lleguen a todas las personas.

Un líder de nación debe desarrollar la capacidad de atraer recursos, es importante que una nación sepa atraer inversión, conocimiento, tecnología y oportunidades alcanzando su máximo potencial. Esto generará prosperidad a otros y elevará el nivel de vida de todos, para el buen vivir.

El verdadero éxito económico de un líder debería medirse por cuánto logró multiplicar las oportunidades para los demás y cuánto mejoró la calidad de vida del prójimo. Un líder de nación debe saber encontrar personas capaces, unirlas a una visión y colocarlas en los lugares donde puedan producir mejores resultados, armar equipos funcionales, comprometidos con los objetivos e ideales.

El intercambio es clave para el crecimiento de las sociedades; intercambiando bienes, conocimiento, tecnología, talento, ideas y oportunidades.

Y todo esto requiere un lenguaje de abundancia. No podemos construir una nación repitiendo constantemente que no hay oportunidades, que no podemos crecer o que todo está perdido. Necesitamos hablar desde la posibilidad, desde la productividad, desde la innovación y desde la capacidad que tenemos para construir algo mejor.

Detrás de todo debe existir una convicción mucho más profunda: el amor a su gente.

Debe querer cambiar la sociedad, no para satisfacer su ego, sino porque genuinamente quiere mejorar la vida de las personas.

Ese es el verdadero propósito del liderazgo.

La política necesita influencia.

La economía necesita productividad.

Pero ambas necesitan liderazgo.

Un líder de nación necesita visión para imaginar un futuro diferente, carácter para sostenerlo, sabiduría para tomar decisiones, competencia para ejecutarlas y amor por su gente para recordar siempre para quién está construyendo.

No se trata solamente de llegar a una posición. Sino de estar preparados para ocupar una posición cuando llegue el momento.

Seamos intencionales en construir un liderazgo de nación para todos.

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